Si usted es adicto a las historias de detectives puede que haya oído hablar de mí, de Charles Mickledore Digo adicto de antemano, pues un lector ocasional o muy selecto del género no es probable que busque mi último trabajo en la biblioteca pública. No soy un H.R.F Kcating o un Dick Francis, ni siquiera una P.D James, pero hago un buen papel en las viejas convenciones, para todos aquellos que gustan de asesinatos agradables. Y si bien mi detective aficionado, el honorable Martín Carstaírs, ha sido descrito como una pálida copia de Peter Wimsey, al menos no le he hecho cargar con un monóculo ni con Harriet Vane. Consigo lo suficiente como para aumentar mis modestos ingresos. Soltero, solitario, insociable; ¿por qué debería esperar que con mis obras tuviese más éxito que con mí vida?
A veces, se me ha requerido para dar una charla radiofónica, siempre que alguno de los más distinguidos profesionales de la muerte no ha estado disponible. Ya me he acostumbrado a la vieja pregunta: «¿Ha tenido usted, señor Mickledore, alguna experiencia personal con un asesinato?». Invariablemente, miento. Una razón es porque los entrevistadores nunca esperan la verdad. Les falta tiempo. Y por otra, porque nadie me Creería. El asesinato en el que me vi involucrado fue tan complicado, extraño e histriónico como cualquier ficción criminal que haya podido urdir en mis momentos de mayor inspiración. Si tuviese que hablar de él lo llamarla El Asesinato de Santa Claus. Pues eso fue, exactamente, lo que ocurrió.
Muy adecuadamente, tuvo lugar en el momento álgido de los acogedores enigmas criminales, en las Navidades de 1939, las primeras navidades de la guerra. Yo tenía, entonces, dieciséis años, que, en el mejor de los casos, es una edad dificil y, además, como sensible y solitario hijo único, resultaba aún más difícil que la mayoría. Mi padre estaba de servicio en el Cuerpo Colonial de Singapur y yo solía pasar las vacaciones de invierno con el director de mi internado y su familia. Pero ese año mis padres escribieron diciendo que el hermanastro mayor de mi padre, Victor Mickledore, me había invitado a su mansión de Cotswold, en Marston Turnville. Sus instrucciones eran precisas. Debía llegar en el tren de las cuatro y cuarto, en Nochebuena, para partir de nuevo la mañana del miércoles 27 de diciembre. En la estación de Marston me recogerla su ama de llaves y secretaria, la señorita Makepiece. Habría otros cuatro invitados; el Comandante y la señora Turnville, a quienes había comprado la mansión hacía cinco años; su hijastro, Henry Caldwell, famoso aviador aficionado, y la señorita Gloria Belsize, actriz. Por supuesto, había oído hablar de Caldwell y de la señorita Gloria Belsize, aunque supongo que, ni siquiera alguien tan inocente como yo, creía que aquel era su verdadero nombre.
Mi tío -¿o debería decir tiastro?- se disculpaba por no tener ningún otro invitado de mi edad para hacerme compañía. Esto no me preocupaba, pero sí pensar en la visita. Solo había visto a mi tío en una ocasión, cuando tenía diez años. Tenía la impresión, formada como hacen los niños a partir de frases dichas a medias y comentarios oídos al azar, de que estaba a malas con mis padres. Creo, incluso, que en una ocasión quiso casarse con mi madre. Quizás este era un intento de reconciliación, ahora que la guerra, con todas sus incertidumbres, había comenzado. Mi padre había dejado bien claro en su carta que esperaba que aceptara la invitación y que confiaba que causara una buena impresión. Me quité de la cabeza la pérfida idea de que mi tío era muy rico y no tenía hijos.
La señorita Makepiece estaba en la estación de Marston. Me recibió sin especial afecto y, mientras se dirigía al Rover que nos esperaba, me recordó a la matrona de mi escuela en uno de sus días más represivos. Atravesamos el pueblo en silencio. Me pareció sombrío y desierto en su calma prenavideña. Recuerdo la iglesia medio escondida detrás de los grandes tejos, y la escuela muda con sus guirnaldas navideñas hechas por los niños con papeles de colores, que refulgían tristemente sobre las ventanas.
Marston Turnville es una pequeña mansión del siglo xvii con tres alas que rodean un patio. Primero la vi cómo una masa de piedra gris, oscurecida como todo el pueblo por unas nubes bajas y rasgadas. Mi tio me dio la bienvenida en el salón, delante del fuego. Entré, parpadeando, pasando de un atardecer de diciembre a un estallido de color; velas centelleando en el inmenso árbol de navidad, con bolas de nieve artificial, hechas de algodón escarchado, apiladas en su base; el fuego saltarín y el resplandor de su luz sobre la plata. Los otros invitados tomaban té y los contemplé como en un cuadro: las tazas a medio camino hacia sus labios, víctimas predestinadas a la espera de que diera comienzo la tragedia.
La memoria, perversa y selectiva, incluso los ha arropado apropiadamente. Cuando rememoro esa Nochebuena, veo a Henry Caldwell, ese héroe condenado al fracaso, con su uniforme de la RAF y sus condecoraciones en el pecho. Pero es imposible que lo hubiese llevado puesto. Entonces, tan solo estaba a la espera de ser reclutado. Invariablemente me imagino a Gloria Belsize en su dorado y ceñido vestido de noche, que se ponía para cenar y que le marcaba los pezones en el satén, haciéndoseme pues difícil apartar la vista de él. Veo a la seria e intimidantemente eficiente señorita Makepiece en su severo uniforme de lana gris, a los Turnville en sus raídos tweeds campestres y a mi tío en su siempre inmaculado esmoquin.
Este último se inclinó
hacia mí con su oscuro y sardónico rostro.
-Así que eres el hijo de
Alison. Me preguntaba cómo habrías salido.
Creía saber lo que estaba
pensando; que el padre adecuado hubiese cambiado del todo las cosas. Era
consciente de mi falta de estatura frente a su metro ochenta y tres -sólo
Heriry estaba a su nivel- y también de mi cosecha adolescente de granos. Me
presentó a los demás invitados. Los Turnville eran una pareja de rostro
amable y cabellos blancos, mayores de lo que esperaba y ambos bastante sordos.
Encontré los austeros encantos de Heriry algo temibles; la timidez y la
veneración extrema me cerraban la boca. La cara de la señorita Belsize me
resultaba familiar por los periódicos. Ahora veía lo que unos ligeros
retoques habían disimulado; los agudos surcos bajo los ojos, la línea
hundida del mentón, el agitado rubor bajo unos ojos excepcionales. Entonces,
me pregunté por qué estaba tan alegre en Navidad. Ahora me doy cuenta de que
se encontraba medio borracha la mayor parte del día, lo que mi tío notaba,
pero le divertía y no hacía el menor intento por controlarla. Formábamos un
grupo mal mezclado. Nadie se sentía cómodo, y yo el que menos. Después de
aquel primer recibimiento, mi tío prácticamente no me volvió a hablar. Con
todo, siempre que estábamos juntos percibía su intenso escrutinio, la
sensación de estar de alguna forma a prueba.
El primer contacto íntimo
con el horror, el primer paquete sorpresa conteniendo un mensaje amenazador,
fue enviado a las siete en punto. Era una vieja tradición en Marston
Turnville que los cantores de villancicos del pueblo cantaran a su
terrateniente en Nochebuena. Llegaban puntualmente, acercándose furtivamente
bajo el oscuro telón, uno tras otro, mientras las luces de la gran sala se
iban apagando. Eran diez personas en total, siete hombres y tres mujeres,
tapados contra el frio de aquella noche helada, y cada uno llevaba consigo una
linterna que encendió tan pronto se cerró la pesada puerta. Me encontraba
sentado a la derecha del fuego, entre la señora Turnville y Henry, sintiéndome
incómodo dentro de mi esmoquin nuevo, mientras escuchaba cómo los viejos
cantaban inocentes y nostálgicos villancicos con resolución con enérgicas
voces campesinas. Más tarde, Poole, el carnicero, y una de las criadas nos
trajeron pasteles de fruta con ponche caliente. Sin embargo, se respiraba un
aire embarazoso. Deberían haber estado cantando para los Turnville. La mansión
estaba en manos extrañas. Comían y bebían con celeridad casi indecente. Las
luces se apagaron, la puerta se abrió y mi tio, con la señorita Makepiece a
su lado, les dio las gracias y les deseó las buenas noches. La señorita
Belsize revoloteaba a su alrededor mientras se marchaban, como si ella fuera
la dueña y señora de la casa. Los Turnville estaban de pie, separados el uno
del otro, al fondo de la habitación. Cuando la música empezó, vi cómo ella
alargaba su mano hacia la de él.
Vimos el paquete navideño al
mismo tiempo. Había sido colocado en una mesa pequeña cerca de la puerta.
Estaba envuelto con papel de seda rojo y amarillo, excesivamente largo,
obviamente un trabajo de principiante, pero resuelto con cierta destreza. La
señorita Belsize lo cogió y leyó:
-¡Victor Mickledore! Tiene
tu nombre en él, cariño. Alguien te ha dejado un regalo. ¡Qué divertido!
¡Abrámoslo!
Él no respondió, pero sacándose
el cigarrillo, la miró fijamente y con desdén a través del humo. Ella se
ruborizó, tendiéndome luego el paquete para que lo abriésemos juntos. El
papel se desgarró sin estallar y un pequeño objeto cayó al suelo, rodando
por encima de la alfombra. Me agaché a recogerlo. Envuelto limpiamente en un
papel oblongo había un pequeño amuleto metálico en forma de cabeza unido a
un llavero. Había visto otros iguales en tiendas de regalos. Desenvolví el
papel que lo rodeaba y di con un verso escrito a mano en mayúsculas. Gloria
gritó:
-¡Léelo en voz alta, cariño!
Miré de reojo el rostro
impasible de mi tío y escuché mi voz sonar nerviosa y estentórea:
¡Feliz
Navidad, Mickledore!
Vete a la cama
y no duermas más.
Toma este
amuleto y agárralo fuerte;
Esta ha de ser
tu última noche de sueño.
Las campanas
navideñas tañen alegres;
Las campanas
del infierno sonarán por tí.
Feliz Navidad,
Mickledore.
Vete a la cama
y no duermas más.
Hubo un momento de
silencio. Luego Henry dijo con calma:
-No le gustas a uno de
tus vecinos, Victor. Sin embargo, está equivocado acerca de las campanas. En
tiempo de guerra no se tocan campanas navideñas. Otro caso es el de las
campanas del infierno. Sin duda, no están sujetas a reglamento de defensa
alguno. -El tono de voz de Gloria era exaltado-. ¡Es una amenaza de muerte!
Alguien desea matarte. Esa mujer estaba entre los cantores, ¿no es cierto?
Aquella a cuyo hijo atropellaste y mataste durante la pasada Nochebuena. La
maestra de escuela del pueblo. Saunders. Ese es su nombre. ¡La señora
Saunders estaba aquí!
Sobrevino un silencio
espantoso. Mi tío habló a latigazos:
-Un testigo vio un DaimIer
oscuro, pero no era el
-Lo sé, cariño. No
quería dar a entender que.
-Raramente lo haces.
-Se giró hacia Poole-. El mejor lugar para esto es el fuego de la cocina.
Henry intervino a
continuación:
-Yo no lo destruiría, al
menos por un tiempo. Resulta del todo inofensivo, pero si recibes otro y la
cosa se convierte en un incordio no estaría mal enseñárselo a la policía.
La señora Makepiece dijo en
su tono sereno:
-Lo pondré en la mesa de
estudio. -Se lo llevó y el resto la seguimos con la mirada.
Gloria dijo:
-Pero debes cerrar tu puerta
con llave, cariño. Creo que deberías de cerrar con llave la puerta de tu
habitación.
Victor le respondió:
-En mi casa yo no cierro mi
puerta a nadie. Si tengo algún enemigo lo recibo cara a cara. Y ahora quizás
podríamos pasar a cenar.
Fue una comida muy incómoda.
La gritona y medio achispada verborrea de Gloria solo sirvió para enfatizar
el abatimiento general. Durante la comida, aprovechó para contarme otra de
las tradiciones de mi tío.
-Invariablemente, a la una en
punto, para darnos tiempo a dormirnos o, al menos, a estar en nuestras
respectivas camas, cariño, solía ponerse un traje de Santa Claus y repartir
regalos entre todos sus invitados. Siempre encontrábamos un calcetín lleno a
los pies de la cama. Mira lo que recibí el año pasado -se regocijaba, alargándome
el brazo a través de la mesa. El brazalete de diamantes relucía a la luz de
las velas. Mi tío partió una nuez en la palma de su mano, y sonó como el
disparo de un arma.
-Puede que consigas algo
mejor este año, si eres una buena chica.
Tanto las palabras como el
tono sonaron a insulto.
Recuerdo el resto de la noche
como una serie de secuencias fuertemente iluminadas. En el baile que siguió a
la cena los Turnville dibujaban sobrios círculos, Gloria formaba corros
amorosos alrededor de Henry, y la señorita Makepiece, mientras tanto,
observaba la escena con mirada despreciativa desde su sitio junto al fuego. ¡Qué
evocadores resultan estos recuerdos ahora! Beer
Barrel Polka, Deep Purple, Run Rabbit Run, Jeepers Creepers y Tiger Rag. Seguidamente,
el juego de la caza de la liebre; según Henry, esta era otra de las
tradiciones navideñas de Victor, en la que se requería la participación de
todo el personal doméstico.
Yo fui escogido como liebre.
Me ataron un globo al brazo y me dieron cinco minutos para que me escondiera
en cualquier rincón de la casa. El objetivo era alcanzar la puerta delantera
antes de ser cazado y el globo pinchado. Para mí fue la única parte
divertida de la noche. Recuerdo la risa tonta de las criadas, a Gloria
persiguiéndome alrededor de la mesa de la cocina, acometiendo infructuosas
embestidas con una revista enrollada, mi última estampida alocada hacia la
puerta, en el mismo momento en que Henry irrumpía desde el estudio para
explotar el globo de un certero manotazo con una rama de acebo. Más tarde,
recuerdo la agonizante luz del fuego centelleando en el cristal de las
botellas al entrar Poole con las bebidas. Los Turnville fueron los primeros en
irse a dormir -ella deseaba escuchar el Epílogo de las once menos cuarto en
su cuarto- para ser pronto seguidos por Gloria y la señorita Makepiece. Di
las buenas noches a las doce menos cuarto, dejando a mi tío a solas con
Henry, separados entre sí por la bandeja de las bebidas.
En la puerta de mi dormitorio
encontré a la señorita Makepiece esperándome. Me pidió que intercambiara
la habitación con Henry. Él se encontraba en una habitación roja con
baldaquines y, después de su accidente en junio pasado, en el que su avión
con destino a Suramérica había caido en picado, y del que había conseguido
escapar por segundos de la llameante cabina del piloto, temía que pudiese
encontrar la cama claustrofóbica. Me ayudó a mover mis pocas pertenencias a
mi nueva estancia en el pasillo trasero y me deseó las buenas noches. No
puedo decir que me preocupara alejarme de mi tío.
La Nochebuena estaba a punto
de finalizar. Mientras me desvestía, recapitulaba sobre los hechos del día y
me disponía a dirigirme al lavabo, que se encontraba a la vuelta del pasillo.
No había estado tan mal al fin y al cabo. Henry había estado distante, pero
afable. La señorita Makepiece me intimidaba, aunque me había dejado
tranquilo. Victor continuaba aterrorizándome, pero la señora Turnville había
resultado ser una presencia maternal y protectora. Aun siendo sorda y
descuidada, conservaba una tierna autoridad. Había una pequeña imagen
tallada de la Virgen en una hornacina a la derecha de la chimenea. Antes del
juego de la caza de la liebre, alguien había atado un globo alrededor de su
cuello. Ella, con absoluta tranquilidad, le había solicitado a Poole que se
lo sacara, a lo que él había obedecido de inmediato. Después me explicaría
que la imagen llevaba por nombre Nuestra Señora de los Turnville y que
durante trescientos años había protegido a los herederos de todo daño. Me
contó que su único hijo se hallaba en un regimiento de defensa y me preguntó
por mi familia. Según ella, debía estar muy contento de que se encontraran
en Singapur, donde la guerra no podía alcanzarles. ¡Donde no podía
alcanzarles! La ironía todavía me atormenta.
Las cortinas que rodeaban la
cama y el dosel eran de una tela pesada de color carmesí, de damasco supongo.
Por algún defecto en los rieles, resultaba imposible correrlas completamente
hacia atrás, excepto las que estaban al pie, y apenas había espacio libre
para la mesita de noche. Mientras yacía en el grueso y extrañamente duro
colchón, tuve la impresión de estar envuelto en llamas de sangre, por lo que
pude entender la preocupación de la señorita Makepiece por que Henry
durmiese en algún otro sitio. Creo que, como niño que entonces era, no
advertí que estaba enamorada de él, como tampoco acepté lo que a buen
seguro debía haber sabido, que Gloria había sido la amante de mi tío.
Me dormí de inmediato, pero ese reloj interior que regula nuestros despertares me hizo abrir los ojos al cabo de poco más de dos horas. Encendí la lamparita de la mesita de noche y miré el reloj. Faltaba un minuto para que fuera la una. Santa Claus debía estar ya en camino. Apagué la luz y esperé, recuperando de nuevo algo de la excitación que había sentido de niño en la noche más mágica del año. Llegó muy pronto, deslizándose sigilosamente sobre la alfombra. Envuelto en cortinas como estaba nada podía oír, ni siquiera el sonido de su respiración. Me tapé a medias la cara con la sábana, aparentando dormir, aunque mantenía un ojo semiabierto. Llevaba una linterna, cuyo haz de luz brilló por unos instantes sobre su capa rodeada de piel. Un gorro puntiagudo le cubría el rostro. Una mano enfundada en un guante blanco depositó un paquete dentro del calcetín. Después se marchó con el mismo sigilo con que había entrado.
A los dieciséis años uno es
impaciente. Esperé hasta estar seguro de que se había marchado para
deslizarme de la cama. El regalo, envuelto en papel rojo a rayas, era delgado.
Desaté el lazo. En su interior había una caja que contenía una pitillera de
oro con las iniciales H.R.C. grabadas en él. ¡Qué extraño que no hubiese
caído! El regalo era, por supuesto, para Henry. Debería haber esperado a la
mañana siguiente para recibir el mío. En un impulso abrí la pitillera.
Dentro había un mensaje escrito que decía: «¡Feliz Navidad! No hay
necesidad de verificarlo. Es oro auténtico. Si ya estás empezando a albergar
esperanzas, este es el único oro que conseguirás de mí».
Deseaba no haberlo abierto,
no haber leído ese sarcasmo ofensivo. Me tomé mi tiempo para envolverlo y
ponerle de nuevo el lazo lo más disimuladamente posible, colocarlo otra vez
en el calcetín y volver a dormir.
Me desperté una vez más esa
noche. Necesitaba ir al baño. El pasillo, como el resto de la casa, estaba a
oscuras, excepto por una diminuta lámpara de aceite que se mantenía ardiendo
sobre una mesa cuya luz me condujo adormilado de regreso al cuarto. Ya estaba
dentro de él cuando oí pasos. Me volví hacia la entreabierta puerta para
observar. El coronel y la señora Turnville cruzaron silenciosamente el
pasillo en bata y se metieron en el baño furtivamente, como si hubiesen
alcanzado un refugio. Él cargaba con lo que parecía una toalla enrollada.
Aguardé lleno de curiosidad. Al cabo de pocos segundos, la cabeza de ella
asomó por la puerta y tras echar un rápido vistazo al pasillo se retiró de
nuevo. Tres segundos más tarde salieron juntos. Él seguía llevando consigo
la toalla enrollada como si fuese un bebé. Temeroso de que me descubrieran
espiando, cerré la puerta. Fue un incidente curioso, pero enseguida lo olvidé.
Había retirado la cortina
antes de dormirme, por lo que me despertaron los primeros rayos del amanecer.
Una figura muy alta y en bata se erguía a los pies de la cama. Era Henry. Se
acercó a mí y me entregó un paquete envuelto en papel de regalo mientras
decía:
-Siento molestarte, estaba
intentando intercambiar nuestros regalos antes de que te despertaras. -Cogió
su regalo, pero no lo abrió. En cambio se quedó mirando como desenvolvía el
mío. Mi tío me había comprado un reloj de oro envuelto en un billete de
diez libras. Su valor me dejó sin aliento, pero era consciente de que la
alegría me había hecho enrojecer. Observó mi cara y dijo:
-Me pregunto qué precio
tendrá. No dejes que te compre. Para eso es para lo que utiliza su dinero,
para jugar con la gente. Tus padres están en el extranjero, ¿no? -Asentí-.
Quizás sería conveniente escribirles diciéndoles que es mejor que no te
quedes a veranear aquí. Es asunto tuyo, no pretendo meterme, pero tu tío no
es recomendable para los niños. De hecho, no es recomendable para nadie.
No sé si hubiese tenido que
decir algo. Recuerdo mi momentáneo resentimiento por haberme aguado la ilusión
por mi regalo. Pero fue justo entonces cuando escuchamos el primer grito. Fue
alto y horrible, un chillido salvaje y femenino. Henry salió apresuradamente
del cuarto y yo lo seguí tras pegar un salto fuera de la cama. Atravesamos el
pasillo y llegamos a la parte de delante de la casa. Los gritos nos llegaban
desde la puerta abierta de la habitación de mi tío. Al llegar ahí, salió
Gloria con aspecto desaliñado y el cabello suelto, vestida con una bata de
seda color malva. Agarrándose a Henry cesó de gritar, tomó aire y dijo
entre jadeos:
-¡Está
muerto! ¡Asesinado! ¡Victor ha sido asesinado!
Aflojamos
el paso y nos dirigimos a la cama como en cámara lenta. Me di cuenta de que
la señorita Makepiece estaba detrás de nosotros. Poole venía hacia nosotros
por el pasillo con una bandeja en la que llevaba el primer té del día. Mi tío
yacía de espaldas y todavía llevaba puesto el traje de Santa Claus con el
gorro tapándole el rostro. Tenía la boca entreabierta en lo que parecía la
parodia de una sonrisa; su nariz estaba afiladamente curvada como la de un pájaro;
sus manos, dispuestas con delicadeza a los lados, parecían artificialmente
blancas y delgadas, demasiado frágiles para un anillo tan pesado. Todo lo
suyo aparecía disminuido, inocuo, casi patético. Mi vista volvió a posarse
sobre él y se fijó finalmente en el cuchillo. Había sido clavado en su
pecho y llevaba adherida la amenazante rima de la sorpresa navideña.
Sentí unas náuseas
espantosas que, para vergüenza mía, dieron paso a una intensa mezcla de
miedo y excitación. Noté como el coronel Turnville se me acercaba y dijo:
-Se lo voy a ir a
contar a mi mujer, pero no debe entrar aquí. Henry, sería mejor que llamases
a la policía.
La señorita Makepiece
preguntó:
-¿Está muerto?
Lo hizo como quien
pregunta si el desayuno está listo. Henry, le respondió:
-Oh sí, está muerto
del todo.
-Pero hay tan poca
sangre alrededor del cuchillo. ¿Por qué no sangró?
-Esto significa que
estaba muerto antes de que lo apuñalaran.
Yo me preguntaba cómo
podían estar tan tranquilos. A continuación Henry, se giró hacia Poole:
-¿Existe la llave de
esta puerta?
-Sí señor. En el tablón
de llaves del despacho.
-Tráigala por favor.
Será mejor que cerremos este cuarto y nos mantengamos alejados hasta que
llegue la policía.
Ignoraban a Gloria, que
se hallaba agazapada a los pies de la cama lloriqueando. También parecían
haberse olvidado de mí. Estaba ahí plantado, tiritando y con los ojos
clavados en ese grotesco cadáver vestido de rojo que antes había sido Victor
Mickledore. Poole tosió y sonando ridículamente deferente dijo:
-Me pregunto señor,
por qué no se defendió. El señor Mickledore siempre guardaba una pistola en
el cajón de su mesita de noche.
Henry, se fue hasta él
y lo abrió. En ese preciso momento Gloria cesó de llorar y, con una risa
histérica, empezó a cantar con voz alta y trémula:
Feliz Navidad, Mickledore,
Vete a dormiry
no despiertes.
Feliz Navidad,
que suene la marcha de los difuntos,
Asesinado,
muerto e ido al infierno.
Pero todos nuestros ojos se concentraban en el cajón. Estaba vacío. No había rastro del arma.
Un policía jubilado de 76 años,
incluso de un pueblo pequeño, suele tener recuerdos para llenar sus tardes
junto al fuego. Pero hasta que no me llegó la carta de Charles Mickledore no
había vuelto a pensar en el asesinato de la mansión de los Turnville durante
años. Mickledore me pedía que le diese mi impresión personal sobre el caso,
como parte de un informe privado que estaba elaborando, lo que me permitió
asombrarme ante la viveza con que regresaban mis recuerdos al respecto. No
tengo la menor idea de cómo se las arregló para dar conmigo. Comentó que
escribía historias de detectives y eso podía ayudar. Yo no las leo. Creo que
los oficiales de policía raramente lo hacen. Una vez que has tenido que
enfrentarte a la realidad, pierdes el gusto por la fantasía.
Estaba interesado en conocer
lo que había sido de ese chico tímido, reservado y sin atractivo. Al menos,
seguía vivo. Una gran parte de ese reducido grupo que había pasado con él
la Nochebuena de 1939 en Marston Turnville había tenido un final violento.
Uno asesinado, otro consumido por las llamas, otro más muerto en accidente de
coche, otros dos abatidos en un bombardeo en Londres y un último colgando
ignominiosamente de una soga, en gran medida debido a mis pesquisas. No es que
ello me hubiese quitado el sueño. Uno sigue con su trabajo y deja que las
consecuencias cuiden de si mismas; es la única forma de trabajar que conozco
para un policía. Pero será mejor que prosiga con mi historia
Mi nombre es John Pottinger y
en diciembre de 1939 fui ascendido a inspector del Cuerpo Policial del pueblo.
El asesinato de Mickledore era el primero al que me enfrentaba. Llegué a la
mansión a las 9:30 con mi subinspector. Detrás de mí venía el viejo Doc
McKay, nuestro médico forense. Henry Caldwell se había hecho cargo de la
situación con mucho acierto. La habitación del muerto estaba cerrada con
llave y no se le había permitido a nadie abandonar la casa, manteniéndolos a
todos juntos. Solo faltaba la señora Turnville, que se encontraba encerrada
en su cuarto y, según su marido, demasiado afligida para recibirme. Sin
embargo, el sargento pretendía que la viese, tan pronto como Doc McKay la
hubiese reconocido. Era el médico de la familia, pero también del resto del
pueblo. La mayoría de los implicados en el asunto nos conocíamos. Ese era mi
punto fuerte, pero también mi punto débil. Una vez retiramos el pesado traje
de Santa Claus, con su forro interior pestilente y oscurecido por la sangre,
no necesitamos de la desaparecida pistola para darnos cuenta que a MickIedore
le habían disparado. Le habían apuntado al corazón a muy corta distancia y
yo no podía imaginarme a Mickledore yaciendo ahí a la espera de ello. Había
un vaso vacío en su mesilla de noche. Al alzarlo pude percibir un ligero olor
a whisky, pero mi mente seguía abierta a cualquier otra cosa que hubiese
podido contener.
Doc McKay extrajo el cuchillo
-uno ordinario de cocina con la hoja afilada- con un gesto rápido de su
enguantada mano. Olió alrededor de la gran herida de bala para detectar señales
de quemaduras y acto seguido comprobó la temperatura corporal y la evolución
del rigor mortis. La hora de la muerte es algo siempre arriesgado de
determinar, pero, al final, se estimó que Mickledore había sido asesinado en
algún momento entre las once y media y las dos de la madrugada. El examen
postmortem confirmó más tarde esta primera impresión.
Andábamos cortos de personal
en ese primer invierno de la guerra y hube de apañármelas con un
subinspector y un grupo de agentes novatos en tareas detectivescas. Entrevisté
a los sospechosos personalmente. No hubiese resultado convincente si hubieran
dado muestras de dolor, y, en realidad, ni siquiera lo intentaron. Hablaron
como de costumbre y yo hice lo mismo, de forma que no nos engañamos
mutuamente.
Caldwell afirmó haber visto
por última vez a Mickledore llevando un vaso de whisky a su habitación,
cuando coincidieron en el pasillo poco antes de la medianoche. Los Turnville y
la señorita Belsize, que se habían retirado pronto, sostuvieron que a esa
hora ya dormían y no se habían despertado hasta la mañana siguiente.
Charles Mickledore admitió haber ido al baño después de la una -aunque no
consultó el reloj pero insistió en que no había visto a nadie ni oído
nada. Tuve la fuerte impresión de que mentía, aunque no le presioné en
nuestro primer contacto. Los jóvenes raramente mienten de forma convincente.
No han tenido tiempo suficiente para aprender como el resto de nosotros.
Poole y la cocinera, la señora
Banting, vivían en pisos se arados junto al bloque de las cuadras. A
Mickledore no le gustaba que el servicio durmiese en casa. Las otras tres
criadas eran chicas del pueblo que trabajaban con dedicación parcial y se habían
marchado a casa después de cenar. La señora Banting había puesto el pavo y
el pudin navideño en el horno antes de acostarse a las once y Poole se había
retirado con ella. Ella había regresado a las seis para empezar con los
preparativos de Navidad y Poole a las siete para encargarse de las bandejas
con el primer té de la mañana. Ambos aseguraban que habían pasado una noche
de inocente inconsciencia y juraban que sus llaves no se habían movido de su
lado. Nadie oyó el disparo. Los Turnville eran sordos, la señorita Belsize
probablemente estaba medio borracha y drogada, los jóvenes siempre duermen
profundamente y la puerta de Mickledore era además de roble grueso. De
cualquier forma, resultaba extraño.
Debo admitir que mi primer
sospechoso fue Caldwell. Este asesinato requería valor y a él le sobraba.
Supongo que su país tenía algo mejor que ofrecerle que acabar colgado de una
soga, pero si era hallado culpable, ese sería su destino, tanto si había
guerra como si no. Sin embargo, había algo que me desconcertaba. Su madre había
muerto en 1934. ¿Por qué esperar pues cinco años antes de vengarse? ¿Y por
qué precisamente aquellas navidades? No tenía ningún sentido.
CaldweIl y la señorita
Makepiece eran las únicas dos personas, junto con el chico, que admitían
haber abandonado su habitación esa noche. La señorita Makepiece dijo que,
poco después de la una, la había despertado una llamada de teléfono
proveniente del aparato de su mesilla de noche. Mickledore nunca atendía las
llamadas nocturnas y por eso la extensión se había trasladado a su habitación.
La llamada era de Bill Sowers, quien se encargaba de vigilar los posibles
ataques aéreos, anunciando que se podía ver luz en una de las ventanas del
primer piso. La señorita Makepiece había despertado a Caldwell y, cogiendo
sus linternas, habían salido por una puerta lateral de la cocina, para
averiguar el origen de esa luz y comprobar que el resto de la casa estaba
debidamente a oscuras. Seguidamente, se habían tomado un sorbo de whisky de
la licorera que aún estaba en el recibidor -pues hacía una noche muy fría
para ir por ahí en bata- y habían decidido jugar una partida de ajedrez. Me
sonó algo raro, pero me dijeron que en aquellos momentos ya estaban del todo
despiertos y muy poco inclinados a volver al sueño. Los dos eran expertos
jugadores de ajedrez y acogieron con agrado la Posibilidad de una partida
tranquila. No eran capaces de recordar quién de los dos lo había sugerido,
aunque ambos coincidían en que finalizaron justo antes de las tres, momento
en que volvieron a su cuarto hasta el resto de la noche.
Y aquí fue cuando creí que
los tenía. yo mismo juego razonablemente bien al ajedrez, de manera que les
pedí que se sentaran en lados opuestos de la habitación y apuntaran el mayor
número de movimientos que pudiesen recordar. Es curioso, pero aún hoy soy
capaz de recordar parte de aquella partida. La señorita Makepiece jugaba con
blancas y había abierto con peón a rey cuatro. CaldweIl le respondió con
una apertura siciliana. Noventa minutos después las blancas habían
conseguido situar un peón frente a la reina, obligando a las negras a
rendirse. Fueron capaces de recordar un número enorme de movimientos, forzándome
a aceptar que la partida había tenido lugar. CaldweIl tenía valor. ¿Pero el
suficiente como para jugar una partida de ajedrez tan complicada mientras su víctima,
todavía caliente, yacía asesinada en el piso de arriba?
Y aquella llamada de Bill
Sowers era también auténtica. Yo me encontraba con él cuando la hizo desde
la cabina del pueblo. Tras salir juntos de la iglesia, una vez acabado el
servicio nocturno, vimos de inmediato una luz muy potente, al igual que la
mayoría de la congregación. Bill, tan puntilloso como siempre, miró su,
reloj. Su llamada a la mansión se produjo seis minutos después de la una.
Eran las cuatro y media
cuando abandoné la mansión para informar al jefe de policía. Aquellos eran
los tiempos de los superiores pasados de moda, nada de universitarios
especialmente entrenados ni de intelectuales provenientes de la Escuela
policial. Yo amaba al viejo coronel Maybricke. Mi padre habla sido muerto en
Ypress y supongo que él era una especie de sustituto. No empezó a hablar del
asesinato hasta que su mujer me hubo acomodado frente al crepitante fuego con
una taza de té y un generoso trozo de su pastel de navidad casero. Escuchó
con atención mi relato y luego dijo:
He hablado con el Mayor
Turnville por teléfono. Ha estado muy correcto, lo que uno espera de un
caballero. Opina que él no debería volver a trabajar hasta que este asunto
se haya arreglado y debo decir que estoy de acuerdo.
-Sí señor.
-Lo que me resulta extraño,
si bien no se lo hice saber a él, es qué hacía con la señora Turnville en
aquella mansión. No es precisamente el tipo de invitación navideña que uno
esperaría que aceptasen. Mickledore se empeñó en quitarles la casa, engañándoles
con el precio si los rumores son ciertos, pero a pesar de ello decidieron
pasar las navidades bajo su techo. Es rematadamente extraño. Y después también
está la curiosa reacción de la señora Turnville. ¿Ha tenido ocasión ya de
interrogarla o de registrar la habitación?
-Me dejó entrar después de
que la atendiera el doctor McKay. Como es lógico, estaba adecuadamente
alterada, pero en perfecta calma. Todo lo que pudo decirme es que se había
ido a dormir poco después de haber escuchado el cuarteto de cuerda de Dvorak
a las once menos cinco -tenían camas separadas- y no se despertó hasta que
su marido vino a darle la noticia del asesinato.
-Lo que la arrojó de
inmediato a un estado de shock, algo poco frecuente en Mary Surville. ¿La vio
en alguna ocasión por el campo de caza?
-No señor.
-Por aquel entonces era más
joven, claro está. Vivía en un mundo completamente diferente. Con todo, la
señora Turnville no es de las que se ponen histéricas por un cuerpo que no
han visto.
No dije nada, pero recuerdo
que me leyó el pensamiento. Ella pudo haberlo visto, pudo haber sido la
primera persona en verlo, en el momento en que había dejado de ser Mickledore
para convertirse en un cadáver. El jefe prosiguió:
-Y esa ama de
llaves-secretaria, ¿por qué sigue con él? Corren rumores de que la trata
como a una esclava.
-Lo dudo señor. Le es
demasiado útil. No debe ser fácil encontrar una secretaria de primera clase
que se encargue al mismo tiempo de llevar la casa.
-De todas formas, no debe ser
un trabajo agradable.
-Ella era muy franca al
respecto. Tiene una madre inválida y Mickledore paga las facturas de la
enfermera a domicilio.
-Además de un buen sueldo,
por supuesto.
Era extraño, pensaba, la
forma en que hablábamos de él en presente.
-Y a Gloria Belsize. ¿Qué
la ata a la mansión?
Yo sabia la respuesta a esa
pregunta, se encontraba dentro de un calcetín navideño. El año pasado, un
brazalete de diamantes. Este, un broche de esmeraldas. Su testimonio era que
había corrido impulsivamente a su cuarto con la intención de agradecerle el
regalo y se lo había encontrado muerto. El jefe me cortó una nueva porción
de pastel.
-Respecto a aquella luz que
vimos todos al salir de la iglesia, ¿nadie mencionó ese pequeño descuido?
-Provenía del cuarto de baño
trasero en el primer piso. Solo Charles Mickledore admite haberlo visitado por
la noche. Dice que podría haber descorrido la cortina para mirar afuera a los
campos, pero que no está seguro.
-Extraño asunto respecto al
que ser impreciso. A fin de cuentas era Nochebuena. Emoción. Una casa extraña.
Esa tontería de Mickledore haciendo de Papa Noel. Dices que el chico fue el
único en verlo.
-El único en admitirlo.
-Entonces es un testigo
vital. ¿Reconoció a su tío?
-Sin duda que no, señor,
pero afirma que nunca se le pasó por la cabeza que no fuese Mickledore. Luego
también está el hecho de que le dejara el regalo destinado a CaldweIl. La señorita
Makepiece sostiene que solo el chico, CaldweIl y ella misma sabían lo del
cambio de habitaciones.
-Lo que nos sugiere que Santa
Claus, quienquiera que fuese, no lo sabía. ¿0 acaso nos están conduciendo a
pensar precisamente esto?
Yo dije:
-Lo que no puedo entender es
por qué no dejaron la pistola junto al cuerpo o la devolvieron al cajón. ¿Por
qué llevársela y esconderla?
-Probablemente para poner en
duda si realmente es ese el arma. No podemos probarlo hasta que la
encontremos. Hay todavía muchos viejos revólveres de la última guerra
circulando por ahí. Ya puestos, Saunders aún tiene el de su tío. Me lo
mencionó el mes pasado mientras discutíamos sobre defensa civil. Lo había
olvidado. ¡Saunders tiene un revólver!
-Ya no, señor. Eso es algo
que ya le pregunté al entrevistarlo junto con su esposa sobre su regalo.
Afirmó haberse deshecho de él tras morir su hija.
-¿Mencionó la razón?
-Porque estaba asustado de
que la tentación de disparar contra Mickledore fuese más fuerte que él.
-Eso suena bastante ingenuo.
¿Qué hizo con él?
-Lo lanzó al estanque de
Potter, señor.
-Donde ahora se encuentra,
entre el barro y a una buena profundidad. Muy conveniente. Nadie ha extraído
jamás nada del estanque de Potter. De todas formas, mejor que lo intentes.
Necesitamos esa arma de dondequiera que saliese.
No disfruté de mi entrevista
con los Saunders. Todo el pueblo respetaba a Will y Edna, una pareja decente y
trabajadora que había adorado a su única hija. Se habían mostrado amables,
aunque se les notaba resentidos por el hecho de que no hubiésemos cazado al
conductor del Daimler que había atropellado y matado a su Dorothy. No fue por
no haberlo intentado. Nosotros sabíamos, al igual que ellos, que Mickledore
era el principal sospechoso. Él era el único dueño de un Daimler en todo el
vecindario y, además, el accidente había ocurrido en la estrecha carretera
que conducía a la mansión. Sin embargo, no se pudo identificar daño alguno
en el vehículo y Poole juró que no había abandonado el garaje. No podíamos
arrestarlo bajo sospechas sin pruebas.
De forma que hube de conducir
la entrevista con tacto. Llegó justo cuando regresaban de la iglesia cuando
llegué. Nos acomodamos en su pulcra sala de estar y la señora Saunders
encendió el fuego. No me ofrecieron nada para beber, cosa que habrían hecho
en cualquier otra situación, y sabía que lo que les gustaría de verdad era
que me fuera. También sabía algo más. El asesinato de Mickledore no era una
noticia para ellos. Tenían teléfono -Saunders conducía el único taxi del
pueblo- y supuse que alguno de la mansión les habría hecho una llamada de
advertencia. Creí saber quién. La señorita Makepiece y Edna Sunders fueron
compañeras de colegio.
Negaron saber nada sobre el
regalo y su mensaje. Después de que la señora Saunders hubo regresado de
cantar villancicos, habían pasado la tarde escuchando la radio junto al
fuego. Las noticias a las nueve, Robinson Crusoe a las nueve y cuarto, y Ola
de crímenes en Blandings a las diez. La señora Saunders había insistido en
escuchar la obra de Wodehouse, pues los actores Gladys Young y Charleton Hobbs
se contaban entre sus favoritos.
Fueron capaces de decirme el
contenido del noticiario de las nueve: las condecoraciones a los oficiales y
tripulación del submarino Ursula, la fuerte ofensiva del IRA en Dublín y el
mensaje navideño del Papa. Los conduje con delicadeza a la hora crucial.
Dijeron que habían estado escuchando la Misa del Gallo de Downside, que había
terminado a la una menos cuarto, y que después se fueron a dormir. Fueron,
incluso, capaces de describirme la música, pero eso no significaba que ambos
hubiesen estado escuchándola. No había sido necesario más que una mano para
meter aquella bala dentro de Mickledore.
Regresé al presente de forma
brusca. El jefe me estaba diciendo:
-Parece como si el regalo
hubiese sido introducido en la casa por uno de los cantores de villancicos,
pero supongo que no sería imposible que alguno de la fiesta lo hiciera.
-Solo aquellos que se
encontraban cerca de la puerta.
-Pero si uno de los Saunders
o ambos dispararon a Mickledore hubieron de tener un cómplice. No podrían
haber sabido dónde encontrar el regalo. Tampoco habría podido entrar, al
menos que alguien les hubiese abierto la puerta.
-La puerta trasera estaba
desatrancada, señor, mientras Caldwell y la señorita Makepiece comprobaban
las luces. Esto ocurría hacia la una y diez.
-Pero el asesino no podía
depender de ello. No era difícil entrar en la habitación de Mickledore, está
claro. Respeto su decisión de no cerrarla con llave. Un momento indicado para
el asesinato era aprovechar el momento en que repartía los regalos. Todos sabían
que su habitación estaría vacía. El asesino se cuela en ella, coge la
pistola y se esconde, pero dónde.
-Hay un amplio armario
ropero, señor.
-Muy adecuado. Y también el
juego de la caza de la liebre fue apropiado. Le dio al asesino la oportunidad
de apoderarse del regalo, comprobar la pistola y elegir un cuchillo. Podría
ser visto sin peligro dondequiera que estuviese, incluso en la habitación de
otra persona. Un juego absurdo, de todas formas, para gente ya crecidita. ¿Quién
lo sugirió?
-Mickledore. Formaba parte de
su navideño ritual familiar.
-En consecuencia, el asesino
podía confiar en que sería jugado. Todo lo que debía hacer era ocultar el
cuchillo y el regalo consigo hasta poder esconderlos en su habitación.
-No hubiese sido fácil para
la señorita Belsize. Llevaba puesto un vestido de noche muy ceñido. Y por
alguna razón no puedo imaginármela correteando con él por la cocina.
-No la excluyas John. Si el
testamento que encontraste en el estudio aún es válido ella hereda 20.000
libras, al igual que la señorita Makepiece. Y dijiste que Poole se llevaba
10.000. Hombres y mujeres han matado por mucho menos. Bueno, supongo que has
de volver al trabajo. Debemos encontrar esa arma.
Bien que íbamos a
encontrarla, pero de forma más sorprendente y dramática de lo que ambos podríamos
haber soñado.
Hay formas más agradables de
pasar el día de Navidad que ser interrogado por la policía, más
concretamente por el inspector Pottinger, con su obstinada e impasible
perseverancia y sus ojos acusadores y por ello había decidido proteger a la
señora Turnville con la impulsiva caballerosidad de los jóvenes. Mentí
cuando dije que la había visto a ella y a su marido. Fui deliberadamente
impreciso al describir la visita de Santa Claus. No estoy seguro de hasta qué
punto conseguí engañar a Pottinger, pero es que mentir requiere práctica.
Seguro que mejoraría hacia el final del caso.
El cuestionario fue
incesante. Henry fue incluso citado en el estudio en mitad de la comida de
Navidad. Fue una comida incómoda. La señora Banting ya había colocado el
inmenso pavo en el horno cuando el asesinato fue descubierto y el sentimiento
general fue que, ya que estaba preparado, bien podía comerse. Sin embargo,
Henry afirmó convencido que la combinación de pudin navideño y muerte
violenta sería necesariamente indigesta; el pudin se conservaría hasta el
ano siguiente. De manera que comimos pastelillos de fruta confitada en su
lugar. Yo tenía el apetito voraz de la juventud y era embarazosamente
consciente de que estaba comiendo con mal disimulada alegría mientras que los
adultos jugaban con su pavo ya tibio mientras y sus desmenuzadas coles de
Bruselas.
A continuación, Poole sirvió
el café y escuchamos en silencio el mensaje del Rey de las tres. A las siete
y treinta y nueve lo dio por finalizado, con la cita del hombre a las puertas
del nuevo año pidiendo una luz aquellas Navidades de 1939.
Fue un alivio para todos
cuando, a las cuatro y media, el inspector Pottinger abandonó la mansión
dejando que su sargento continuara la búsqueda de la pistola. Poole, al
traernos el té, nos contó que el inspector había ido a informar a su
superior. Poole tenía sus propios y misteriosos métodos para descubrir las
pesquisas de la' policía.
Pero no nos dejaron en paz
por mucho tiempo. Regresó justo antes de las siete. Su imperiosa forma de
llamar a la puerta, claramente audible desde el recibidor, parecía la llamada
de la muerte. Poole le hizo entrar con su acostumbrada formalidad insolente y
vi cómo los ojos de mis compañeros se giraban hacia él con una mezcla de
aprensión e interrogación. Habían traído el carro de las bebidas hacía un
rato y Gloria se encontraba preparando cócteles ruidosamente para ella y
Henry. No obstante, debía llevar un rato bebiendo, puesto que incluso mis
inexpertos ojos podían notar que estaba medio borracha. Antes de que el
inspector pudiese pronunciar un impasible «Buenas Noches» se dirigió hacia
él tambaleándose y con un vaso en la mano.
-Aquí llega nuestro Poirot
de pueblo con sus pequeñas células grises en acción. Pero viene sin
esposas. ¿No ha venido para arrestar a la pobrecita Gloria?
Henry se acercó a ella en
silencio. Le oí susurrar con insistencia, aunque Gloria rió y se dirigió al
árbol de Navidad. De repente comenzó a arrancarle con violencia los adornos
y a lanzarlos salvajemente sobre él. Una cinta decorativa quedó cogida en la
figura de Nuestra Señora de los Turnville, pero a la señora Turnville pareció
no importarle. Gloria empezó a cantar:
-Es tiempo de regalitos para
todos. Siempre tenemos los regalitos en el árbol a las siete. No debemos
romper con las tradiciones. A Victor no le gustaría. Uno para ti Poole, y
otro para la señora Banting. ¡Cogedlo! -Quitó los paquetes del árbol y se
los lanzó a Poole. Él le dijo un inexpresivo «Gracias, señorita» y los
colocó sobre una mesa lateral. Henry se adelantó y la cogió de un brazo,
aunque consiguió zafarse y coger un nuevo regalo del árbol.
-Es para ti, cariño. Pone
Henry del puño y letra de Victor.
La voz de Henry era como el
hielo. Nunca antes le había oído hablar en ese tono.
-Déjalo. No es momento para
regalos. Me lo llevaré a casa.
-¡No seas aguafiestas, cariño!
Deseas ver tu regalito. Deja que Gloria lo abra por ti.
Se produjo uno de aquellos
momentos de absoluto silencio que vistos en retrospectiva parecen portentosos.
Quizás ahora solo esté en mi imaginación, cuarenta y cuatro años después,
la forma en que la habitación entera se quedó paralizada, observando con la
respiración contenida cómo ella rasgaba el chillón papel navideño. Debajo
de él había un nuevo envoltorio de papel seda, de color amarillo y rojo,
seguramente de la sorpresa navideña. Este envolvía un par de grandes pañuelos
de lino. Pero eso no era todo. Gloria los desdobló, jadeó y lanzó un agudo
chillido. Sus temblorosas manos se abrieron y la pistola, al fin hallada, cayó
a los pies de Pottinger con un golpe seco.
Tras el descubrimiento del
arma la atmósfera cambió sutilmente. Antes nos habíamos reconfortado con la
teoría, que todos habíamos adoptado enérgicamente, de que un extraño había
conseguido acceder a la mansión por la puerta que había quedado abierta,
mientras Henry y la señorita Makepiece se encontraban comprobando las
ventanas. A continuación había descubierto la sorpresa al registrar el
estudio y había clavado el mensaje al cuerpo, en un gesto extravagante de
desprecio.
Ahora, no era tan fácil
creer que el asesino hubiera venido de fuera. Paramos de discutir sobre el
asesinato, temerosos de lo que pudiésemos decir o sugerir, mirándonos a los
ojos con recelo. La señora Turnville, quien parecía de repente una mujer muy
anciana, trató de tranquilizarme y consolarme. Disfrutando de mi vergonzosa
emoción por encarar un asesinato, la cual nunca me ha abandonado, agradecí
que no supiese lo poco que necesitaba y merecía su amabilidad. El
interrogatorio policial continuó de forma más rigurosa e insistente. Una vez
el inspector Pottinger se hubo marchado estábamos todos exhaustos, pero
contentos también de tener una buena excusa para irnos pronto a acostar.
Eran las diez cuando oí
llamar a mi puerta. Mi corazón dio un vuelco. Me deslicé fuera de la cama y
susurré: «¿Quién es?». Hubo una segunda llamada más contundente.
Cautelosamente, abril la puerta. Gloria se escurrió dentro, tiritando de frío
y de miedo.
-Charles, cariño, ¿te
importaría dormir en mi habitación? Hay un sillón grande y podrías traerte
tu edredón, estoy demasiado aterrorizada para quedarme sola.
-¿No puedes cerrar la
puerta?
-No tiene cerrojo. Además no
me atrevo a tomarme la pastilla para dormir, por si acaso viene cuando esté
inconsciente.
-¿Viene quién?
-El asesino, claro está.
¿Quién con dieciséis años
podría resistirse a semejante llamada a la caballerosidad? Halagado por la
petición y encantado de tener compañía, correteé detrás de ella por el
pasillo. Colocamos el pesado sillón contra la puerta y me instalé hasta
estar razonablemente cómodo. Su habitación resultaba curiosamente acogedora
con el haz de luz de la lámpara de la mesilla de noche brillando en sus
rubios cabellos. Hablamos en susurros como si fuésemos conspiradores.
-Creen que Victor fue drogado
con mis pastillas para dormir y luego muerto de un disparo mientras dormía.
Pottinger insiste en preguntarme si me falta alguna. ¿Cómo puedo saberlo? Mi
médico de Mayfair me da lo que le pido. Tengo un frasco repleto aquí en el
cajón de la mesilla de noche. Cualquiera puede haberlas cogido. No las
cuento.
Dije:
-¿Pero él no habría notado
el sabor de las pastillas?
-En su whisky no. Yo nunca
puedo. -Apoyándose en un codo se inclinó hacia mí-. ¿Has pensado en Poole?
Él lo podría haber hecho. Sabe que Victor mató a la hija de los Saunders y
tuvo que mentir cuando dijo que el Daimler nunca había abandonado el garaje.
Se vio forzado a hacerlo, porque Victor lo tenía cogido con algo.
-¿Lo tenía cogido con
qué?
-Ha estado en prisión
por haberse propasado con jovencitas. No duraría mucho en este pueblo si esto
se supiese. Y a él le convenía que Victor muriera en este preciso momento,
cuando estaba pensando en cambiar su testamento. Por esto tú estás aquí. Si
le gustabas, estaba dispuesto a convertirte en su heredero, dejándonos a
nosotros fuera.
También le había
venido bien a ella, pensé, que mi tío muriese cuando lo hizo. Le susurré:
-¿Cómo sabes lo del
testamento?
-Victor me lo dijo. Le
gustaba atormentarme. Podía llegar a ser terriblemente cruel. La gente
comenta que llevó a su mujer al suicidio.
Gloria ya se había
tomado su pastilla para dormir y su voz comenzaba a resultar confusa. Hube de
esforzarme para poder entenderla.
-Y luego están los Turnville.
-¿Qué pasa con ellos?
Advertí que mi tono me había
delatado. Se rió soñolientamente.
-Te gusta, ¿no es cierto? A
todo el mundo le gusta. La perfecta dama. No como la pequeña Gloria. Debes
proteger a los queridos Turnville. Sin embargo, están tramando algo. Su
puerta estaba entreabierta. Lo sordos no se dan cuenta de lo alto que llegan a
susurrar. Él estaba diciendo: «Tenemos que llevarlo a cabo, cariño. Nos
hemos gastado el dinero y lo hemos planeado con tanto cuidado... con tanto
cuidado». La voz de Gloria se extinguió hasta hacerse silencio.
«¿Gastar qué dinero y para
qué?», me preguntaba mientras yacía allí escuchando la leve respiración
de Gloria. Despejado como estaba, revivía todos los acontecimientos de esa
Navidad tan peculiar. Mi llegada a la estación de Marston, el silencioso
trayecto a través del pueblo que iba oscureciéndose; la escuela con las
cintas de papeles de refulgentes colores en las ventanas; la primera visión
del sombrio y escrutador rostro de mi tío; los cantores de villancicos
saliendo sigilosamente detrás del telón; el juego de la caza de la liebre;
la silenciosa figura de Santa Claus a los pies de mi cama; yo mismo, situado
frente a la cama de Victor, registrando cada detalle de ese cuerpo irreal y
grotescamente vestido; el doctor McKay abandonando la habitación con su
anticuado maletín; la cinta decorativa lanzada por Gloria sobre Nuestra Señora
de los Turnville; la pistola cayendo ruidosamente a los pies de Pottinger.
Los variados acontecimientos destellaban en mi interior como flashes de una cámara fotográfica. Y, de repente, la confusa mezcla de imágenes y sonidos se fusionaban en una visión coherente. Antes de dormirme, ya sabía lo que debía hacer. Al ella siguiente lo primero que haría sería hablar con el inspector Pottinger. Más tarde me enfrentaría al asesino.
En primer lugar fui a ver al
inspector Pottinger y le conté lo que debía de contarle. Seguidamente, me
fui a buscar a Henry. Se encontraban en el salón los Turnville y le pregunté
si podía hablar con él a solas. Con más tacto que nunca se levantaron y se
fueron en silencio y dije:
-Sé que fuiste tú.
Ese chaval de dieciséis
años me resulta ahora un extraño y la memoria me traiciona. Probablemente,
no estuve en su momento tan seguro y confiado como ahora puede parecer, aunque
no hay duda sobre lo que tenía que decir. Me acuerdo perfectamente
-Supongamos que me
cuentas de qué forma.
-Cuando Santa Claus deslizó
tu regalo en mi calcetín llevaba puesto un guante blanco. El asesino habría
necesitado llevar guantes para evitar dejar huellas, pero las manos del cadáver
estaban desnudas y no pude ver guante alguno junto a la cama.
-¿Y no le contaste esta
prueba tan vital a la policía?
-Quería proteger a los
Turnville. Pude verlos moviéndose sospechosamente aquella noche. Él llevaba
consigo una toalla enrollada. Pensé que ocultaba la pistola.
-¿Y cómo supones que se
deshicieron de ella? Pottinger registró nuestras habitaciones.
-La señora Turnville fingió
estar enferma. Pensé que le entregó el arma al doctor McKay después de que
la visitara. Él podría habérsela llevado dentro de su maletín.
-Pero cuando la pistola fue
encontrada, te diste cuenta de que tu teoría era incorrecta. Los Turnville
eran inocentes.
-Y ayer noche di con la
verdad. El doctor McKay sí que se llevó algo en su maletín; la imagen de
los Turnville. Esto es lo que estaban haciendo; sustituir una imagen falsa por
la que pensaban que protegería a su hijo. Estaban desesperados por
recuperarla ahora que su hijo se había ido a la guerra.
-De forma que ahora quedo yo
como el principal sospechoso. ¿También se supone que fabriqué y coloqué la
sorpresa?
-No. Los dos estábamos
juntos mientras se cantaban los villancicos. En ningún momento estuviste
cerca de la puerta. Creo que lo empleaste para complicar el crimen -por esto
propusiste que nos lo quedáramos- pero fue la señora Saunders quien lo hizo.
Ella pudo conseguir el papel de seda del que se les daba a sus alumnos en la
escuela para que hicieran las decoraciones navideñas. También advertí que
el poema estaba escrito por alguien acostumbrado a puntuar correctamente por
instinto. Además, no había una amenaza de muerte. Todo lo que querían era
acosar a Victor, fastidiarle las navidades. Era una pequeña y patética
venganza por la muerte de su hija.
-De acuerdo, continúa. Hasta
el momento resulta extremadamente convincente.
-Te hiciste con la sorpresa y
un cuchillo de cocina y le robaste a Gloria algunas pastillas para dormir,
mientras el resto jugábamos a la caza de la liebre. El juego es toda una
tradición en esta mansión. Podías confiar en que se jugaría y fuiste tú
quien solicitó el cambio de habitaciones. Deseabas estar cerca de mi tío y
tenerme a mí bien lejos por si oía el disparo. Los Turnville están sordos y
Gloria toma pastillas para el sueño. Mis jóvenes orejas eran el verdadero
peligro, pero ni siquiera yo podía oír nada en aquella cama rodeada de
espesas cortinas. ¿No puedes padecer de claustrofobia, verdad? La RAF no te
habría aceptado en ese caso.
Me miró con su pálido y
bello rostro aún en calma, sin signos de temor. Volví a darme cuenta que él
tuvo que haber sido aquel Santa Claus. Nadie aparte de él en aquella casa tenía
la altura de mi tío.
Cuando habló, su voz era irónica,
casi que alegre.
-No te detengas ahora. ¿No
estás llegando acaso a la parte más excitante?
-Vertiste las pastillas para
dormir en el whisky de Victor mientras bebíais juntos, o quizás después,
cuando se encontraba en el lavabo. A continuación cogiste su pistola y le
disparaste mientras yacia drogado y desvestido en su cama, probablemente entre
las doce y cuarto y las doce y media. A la una en punto te hiciste pasar por
Santa Claus, teniendo la precaución de dejar tu regalo en mi calcetín.
Seguidamente, vestiste al cadáver con el traje de Santa Claus y le clavaste
el cuchillo, atravesándole el poema amenazador. Fuiste tú también quien
descorrió la cortina del baño, a sabiendas de que ello provocaría una
llamada inmediata. Si la señorita Makepiece no te hubiese levantado -aunque tú
eras la elección más previsible- habrías pretendido haberla oído merodear
por fuera. No te fue dificil persuadirla para que jugara contigo al ajedrez y
proveerte así de una coartada vital para las horas que siguieron a la una de
la madrugada.
Dijo con calma:
-Felicidades. Deberías
escribir novelas de detectives. ¿Hay algo que no sepas?
-Sí. Lo que hiciste de los
guantes blancos y del amuleto con la calavera.
Me miró con una media
sonrisa y después se agachó para remover entre las bolas de algodón, que
simulaban copos de nieve, situadas a los pies del árbol. Sacó una de ellas,
una pelota blanca con tiras de algodón y lentejuelas aún adheridas a la
misma. La lanzó al fuego deliberadamente. Las llamas comenzaron a lamerla
para ascender, luego, refulgiendo.
-Estaba esperando la ocasión
de poder hacerlo. El fuego se extinguió hacia la medianoche y desde entonces
siempre ha habido alguien cerca cuando se ha vuelto a encender.
-¿Y el amuleto?
-Alguien va a romperse un
diente con él las próximas navidades. Le saqué el trapo y el papel de grasa
al pudin navideño y lo introduje entre las monedas de seis peniques. Aún en
el caso de que el año que viene se descubra, ya será demasiado tarde para
que le sirva de algo a Pottinger.
-E inmediatamente después de
disparar, envolviste el arma con papel de seda y la escondiste junto con el
regalo que iba a tu nombre en el árbol de Navidad. Te la habrías llevado
contigo al dejar la mansión si Gloria no la hubiese encontrado de forma tan
dramática. No dudo que intentaste detenerla -y añadió-. No hay testigo
alguno de esta conversación. Estoy confiando en ti, pero quizás no tanto
como te imaginas.
Lo miré directamente a los
ojos.
-Yo también estoy confiando
en ti. Hace cinco minutos pedí hablar con el inspector Pottinger y le conté
que había recordado algo vital. Le dije que cuando Santa Claus depositó tu
regalo en mi calcetín pude distinguir el oro de su sortija. Tus dedos son
mucho más gruesos que los de Victor. No podrías haberlo hecho pasar de
ninguna de las maneras. Si mantengo esta mentira -y lo haré- no se atreverán
a arrestarte.
No me dio las gracias. Yo no
le dije nada, pero sí que le pregunté:
-Pero por qué razón y por
qué precisamente estas Navidades.
-Porque él mató a mi madre.
De acuerdo que no puedo probarlo de ninguna forma, pero ella se suicidó dos años
después de haberse casado con él. Siempre tuve la intención de destruirlo,
pero los años van pasando y la voluntad se atrofia, además, luego vino la
guerra. Este simulacro de guerra no durará mucho y matar ya irá en serio
cuando comience de verdad. Estaré matando a pilotos jóvenes, alemanes
normales y corrientes contra los que no tengo nada. Tiene que hacerse. Lo
mismo intentarán hacer ellos conmigo. Todo será no obstante más tolerable
ahora que he asesinado a un hombre que se lo merecía. He cumplido la palabra
que le di. Si ahora he de marcharme, me resultará más fácil.
Me imagino a ese Spitfire en llamas cayendo en espiral sobre el Canal de la Mancha y me pregunto si lo hizo.
V
He enviado un relato de los
hechos por correo a Charles Mickledore, pero solo Dios sabe para qué lo quería.
Para nada fue mi mayor éxito; no hice arresto alguno y el misterio sigue
estando por resolver. Una vez que el chico recordó haber visto ese anillo en
el dedo de su tío, mis intenciones contra Caldwell se derrumbaron. El análisis
del forense reveló que Mickledore estaba muerto antes de las tres, cuando
Caldwell y la señorita Makepiece acabaron su partida de ajedrez.
Caldwell no pudo haberle
disparado y hacer, además, todo lo que era necesario en aquellos pocos
minutos entre el reparto de los regalos y el aviso del vigilante. Su coartada
se sostenía.
Los Turnville murieron en un
bombardeo en una de sus visitas a Londres. A fin de cuentas, así es como les
habría gustado marcharse, rápidamente y juntos. Pero siguen habiendo
Turnville en la mansión. Su hijo sobrevivió a la guerra y volvió a comprar
su hogar ancestral. Me pregunto si sus nietos se aterrorizan entre ellos en
Nochebuena con historias sobre el asesinato de Santa Claus.
Ni Poole ni la señorita
Belsize se beneficiaron mucho tiempo de sus respectivos legados. Ella se compró
un Bentley para luego matarse con él, mientras conducía borracha. Él se
hizo con una casa en el pueblo y se dedicó a jugar a ser un caballero, pero
un año más tarde ya estaba de nuevo liado con chicas jóvenes. De hecho, me
dirigía a arrestarle cuando se ahorcó en su propio garaje, ahogado con las
cuerdas de un tendedero. El verdugo lo hubiese hecho mejor.
En ocasiones me pregunto si
el pequeño Charles Mickledore no mintió sobre ese anillo. Ahora que estamos
en contacto, me siento tentado de preguntárselo. Pero eso ocurrió hace
cuarenta años. Un viejo crimen, una vieja historia. Y si Henry CaldweIl tenia
una deuda con la sociedad, acabó pagándola por completo.